ARES

Es el dios de la guerra y tanto él como su hermana Eris (la discordia) son los dioses más despreciados por los dioses olímpicos por ser los causantes de guerras y disputas entre mortales y dioses. Se regocija en medio de las batallas y los saqueos de las ciudades. Sólo Hades siente aprecio por él, porque recibe gustoso en su reino a los guerreros muertos. Afrodita es su amante: tuvieron numerosas  aventuras amorosas y tres hijos que fueron reconocidos por Hefaisto. En una ocasión los amantes permanecieron en el lecho hasta muy tarde en el palacio de Ares y el dios Helios (Sol) los vio. Este avisó al esposo de Afrodita, Hefaisto quien indignado preparó una celada: fabricó una red en bronce de hilos tan finos como los de la tela de araña que puso como trampa en la cama matrimonial. Le dijo a su esposa que se iba de viaje a Lemmos, su isla favorita. Esta llamó inmediatamente a su amante, el dios de la guerra, que llegó corriendo de frente al lecho, en el cual ambos se vieron atrapados por la red irrompible. Hefaisto los encontró y llamó a los dioses para que sean testigos del deshonor. Las diosas no asitieron por pudor. Impresionado por la extrema belleza de la desnuda Afrodita, Apolo, codeando a Hermes, le dice: “¿No te gustaría yacer también en el lecho con Afrodita?”, a lo que el heraldo de Zeus responde: “No me importaría ser atrapado por tres redes como esa y que todas las diosas me vieran con tal de que su cumpla lo que dices”. Este mito aparece en la Odisea (Canto VIII) cuando en el banquete ofrecido por los Feacios a Odiseo, Demódoco, el aedo, entona con su lira la historia que sirvió de regocijo a todos los presentes, incluido Odiseo, que hasta ese momento había  mantenido oculta su verdadera identidad. Atenea es la rival de Ares: sostuvo dos encuentros con ella, perdiendo ambos. También Hércules lo derrotó humillantemente. En la Iliada aparece como partidario de los troyanos, siendo el héroe Héctor, el de tremolante casco, su protegido predilecto. Atenea ayudó a Diomedes (Canto V) a luchar contra él, quitándole la niebla que como todo mortal tenía delante de los ojos y que evitaba que pueda ver a los dioses. Con esta ventaja el hijo de Tideo pudo herir con la lanza, primero a Afrodita, que protegía a su hijo Eneas de la muerte a manos de Diomedes y luego, instigado por la misma Atenea, el héroe aqueo embistió al mismísimo dios de la guerra quien, enfurecido, tiró su lanza contra Diomedes. Atenea desvió el arma de Ares y este fue herido por el héroe, emitiendo el dios un grito de dolor igual al de diez mil guerreros juntos. Al quejarse con Zeus, este le muestra su desprecio si bien permite que lo atiendan por ser de su descendiente.

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