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Discurso del Premio Nobel Mario Vargas Llosa

Discurso del Premio Nobel Mario Vargas Llosa

© FUNDACIÓN NOBEL 2010

Mario Vargas Llosa: Elogio de la lectura y la ficción

Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.
Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.

No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura– lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.

Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.
Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.
Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.

La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla– a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.

En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy –que trato de ser– fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.
De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.

De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.
Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país –lo que tampoco tendría mucha importancia–, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.
Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de Africa del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si –el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan– el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.

Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de “todas las sangres”. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!
La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.

Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso –triste consuelo– descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.
De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.

Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de como, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.
Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien, religión– provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.
No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.
El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban “el pie ajeno” –lindo y triste apelativo–, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón en el Miraflores limeño –la llamábamos el Barrio Alegre–, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.

El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”.
Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.

Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.
Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).

La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.
Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras–, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.

Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.
De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.

Estocolmo, 7 de diciembre de 2010.
Falleció el escritor y catedrático sanmarquino Carlos Eduardo Zavaleta

Falleció el escritor y catedrático sanmarquino Carlos Eduardo Zavaleta

Las Letras peruanas están de luto. Ha fallecido el día de hoy, 26 de abril de 2011, el profesor Carlos eduardo Zavaleta, a la edad de 83 años. Catedrático de la EAP de literatura en pre y posgrado, por su cátedra han pasado innumerables generaciones de estudiantes, entre los que me incluyo, cuando llevé con él los cursos de Literatura Norteamericana I y II entre los años 2002 y 2003.

El profesor Carlos Eduardo Zavaleta, natural de Ancash, ingresó muy joven a la Decana de América, a la Facultad de Medicina de San Fernando de San Marcos.  Pero siendo alumno de primer año, se animó a participar en un concurso de novela, que ganó, siendo este aliciente suficiente para hacer traslado a la Facultad de Letras, donde se tituló con una tesis sobre la novelística del Premio Nobel norteamerciano William Faulkner. Se doctoró en 1958, año en que también ingresó a la cancillería. Fue miembro de número de la Academia Peruana de la Lengua.

Desde el comienzo de su carrera, Zavaleta fue considerado como un innovador de las técnicas narrativas y difundió la obra de autores extranjeros tanto en la suya propia como en las aulas docentes. Integra la Generación del 50, junto a Enrique Congrains y Julio Ramón Ribeyro.

Publicó los libros: El cínico (1948 ), El Cristo Villenas (1954), Los Ingar (1955), Los Presentes (1956), Unas manos violentas (1958), Vestido de luto (1961), Muchas caras del amor (1966), Niebla cerrada (1970), Los aprendices (1974), El fuego y la rutina (1975), Un día en muchas partes del mundo (1979), Retratos turbios (1982), La marea del tiempo (1982), Un herido de guerra (1985), Un herido de guerra. La marea del tiempo (1987), El cielo sin cielo de Lima (1987), Unas cuantas ilusiones (1992), Un joven, una sombra (1992), El padre del tigre (1993), Campo de espinas (1995), El precio de la aurora (1997), Cuentos completos (1997), Pálido pero sereno (1997).

Carlos Eduardo Zavaleta fue un escritor que ha tenido gran influencia en la evolución posterior de la narrativa en el Perú. Gran lector de Faulkner y de James Joyce, el profesor Carlos Eduardo Zavaleta introdujo las nuevas técnicas del relato en nuestro medio, principalmente el monólogo interior. Con este nuevo instrumental se dedicó a renovar la narrativa en el Perú, siendo, como profesor y lector crítico de sus primeros textos, una de las primeras influencias sobre el joven Mario Vargas Llosa, quien fue uno de los primeros en asimilar las innovaciones que estudió y aplicó Zavaleta en la narrativa peruana.

Al recibir Vargas Llosa, hace unos años, el Doctorado Honoris Causa por San Marcos, Zavaleta dijo en el discurso protocolar: “Mario ha hecho lo que todo maestro desea de su discípulo: me ha superado”.

Descanse en paz, Maestro.

Congreso José María Arguedas Vida y obra (1911-1969) 18 al 20 de abril 2011

PROGRAMA

LUNES 18 DE ABRIL

Lugar: Casa de Osambela

10:00 a. m.

Palabras de Marco Martos Carrera, Presidente de la Academia Peruana de la Lengua.

Inauguración a cargo de Juan Ossio Acuña, Ministro de Cultura.

Conferencias

10:30 a. m.

«Aproximación a la narrativa de José María Arguedas en el centenario de su nacimiento»

Eugenio Chang-Rodríguez (Academia Peruana de la Lengua)

«José María Arguedas y la construcción del lenguaje de la identidad mestiza»

Nelson Osorio Tejeda (Universidad de Santiago de Chile)

Mesa 1

11:30 a. m.

1. «El sincretismo religioso, una perspectiva, en Los ríos profundos de José María Arguedas»

Emma Aguilar Ponce (Universidad de San Martín de Porres)

2. «Una poética del cuerpo en Los ríos profundos de José María Arguedas»

Víctor Rumay Najarro (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

3. «Los ríos profundos: hacia una infancia de la historia del Perú»

Alejandro Zamora (York University – Toronto, Canadá)

4. «Once piedras vallejianas en Los ríos profundos»

Vicente Cervera (Universidad de Murcia – España)

5. «Reflexiones arguedianas: el castellano»

Ricardo Falla Barreda (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

Mesa 2

3:00 p. m.

Lugar: Instituto Raúl Porras Barrenechea

1. «Poética de Los ríos profundos»

Humberto Alexis Rodríguez (Universidad Distrital Francisco José de Caldas – Colombia)

2. «Los ríos profundos: la búsqueda (in)viable de un mañana con voces múltiples»

Lenin Lozano Guzmán (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

3. «Los ríos profundos: retablo de un forastero andino»

Julio Noriega Bernuy (Knox College – EEUU)

4. «Los estilos de pensamiento en Los ríos profundos»

Camilo Fernández Cozman (Academia Peruana de la Lengua)

Mesa 3

4:30 p. m.

1. «Arguedas y el visionario de la diversidad y pluriculturalidad: en el Perú están todas las sangres y todas las oportunidades»

Efraín Cáceres Chalco (Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco)

2. «La construcción metafórica sobre la comunidad peruana en el discurso de la lengua española en la novela Todas las sangres de José María Arguedas»

Víctor Huamalies Chirito (Universidad Nacional Federico Villarreal)

«Todas las sangres en el pensamiento identitario de Hispanoamérica»

Rolando Álvarez (Universidad de Guanajuato – México)

Mesa 4

5:30 p. m.

1. «Tradición y modernidad en Todas las sangres»

Nécker Salazar Mejía (Universidad Nacional Federico Villarreal)

2. «Los vectores y las paradojas en Todas las sangres de José María Arguedas y en Pedro Páramo de Juan Rulfo»

Christian Egoavil (Universidad Antonio Ruiz de Montoya)

«José María Arguedas: Todas las sangres de los condenados»

Fernando Muñoz Cabrejo (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

Mesa 5

6:30 p. m.

1. «La otra modernidad y el socialismo peruanos según José María Arguedas en El zorro de arriba y el zorro de abajo»

César Ángeles Loayza (PUCP / UNIFÉ)

2. «Fracturas del discurso crítico y el discurso clínico en El zorro de arriba y el zorro de abajo»

Gladys Flores Heredia (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

3. «La ciudad de Lima en El zorro de arriba y el zorro de abajo»

Sonia Luz Carrillo Mauriz (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

4. «La escritura de José María Arguedas en la dirección de El zorro de arriba y el zorro de abajo»

Manuel Pantigoso Pecero (Academia Peruana de la Lengua)

5. «El zorro que calla y el zorro que habla: tradición y ruptura en El zorro de arriba y el zorro de abajo»

Crisanto Pérez Esain (Universidad de Piura)

MARTES 19 DE ABRIL

Mesa 6

3:00 p. m.

Lugar: Instituto Raúl Porras Barrenechea

1. «Erotismo, alteridad y sacralidad cósmica: una lectura de “El forastero” de José María Arguedas»

Américo Mudarra Montoya (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

2. «La agonía de Rasu-Ñiti y la inclusión de José María Arguedas en el universo de lo real maravilloso»

Reynaldo Santa Cruz (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

3. «La pasión sádica en Diamantes y pedernales»

Segundo Castro García (Universidad Nacional de Ancash «Santiago Antúnez de Mayolo» – Huaraz)

4. «La perspectiva del autor implícito en la obra de José María Arguedas. De una visión indigenista a una visión andina»

Manuel Larrú Salazar (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

Mesa 7

4:30 p. m.

1. «Arguedas ¿traductor o traidor?»

María Luisa Roel Mendizábal (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

2. «Actualidad de un entusiasmo y varias admoniciones: Arguedas ensayista del Perú de ayer y hoy»

Bernardo Massoia Peralta (CONICET – Argentina)

3. «Arguedas y el ensayo: El indigenismo de Arguedas desde las crónicas y documentos coloniales»

Christian Fernández (Louisiana State University – EEUU)

Mesa 8

5:30 p. m.

1. «Las escuelas de Rendón Wilka y Paco Yunque son excluyentes. El magisterio arguediano o el reto de educar en el Perú»

Julio Yovera Ballona (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

2. «Lectura polifónica de “El sueño del pongo”. Construcción de un método de lectura en la formación de profesores de literatura»

Elmer Manayay Tafur (Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo – Lambayeque)

3. «José María Arguedas en La Cantuta (memoria y docencia)»

Raúl Jurado Párraga (Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle)

4. «Arguedas: una escritura de la reciprocidad y la ética»

Fernando Rivera Díaz (Tulane University – EEUU)

5. «Arguedas, entre la utopía y la realidad»

Tito Cáceres Cuadros (Universidad Nacional San Agustín de Arequipa)

 

Mesa 9

7:30 p. m.

1. «Oda al jet o del espacio de revelaciones sobre lo divino en lo humano»

Yesabeth Muriel Guerrero (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

2. «¡Somos todavía! Tinkuy y dolor cósmico de Tupac Amaru Kamaq Taytanchisman (A nuestro Padre Creador Tupac Amaru), de José María Arguedas»

Antonio Rodríguez Flores (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

3. «Katatay, sabotaje y epistemología poética»

Javier Morales Mena  (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

4. «La poesía quechua de José María Arguedas: la categoría runa»

Gonzalo Espino Relucé (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

MIÉRCOLES 20 DE ABRIL

Mesa 10

10:00 a. m.

Lugar: Instituto Raúl Porras Barrenechea

1. «Alegorías de la nación heterogénea. Abyección, africanía y violencia en El Sexto de José María Arguedas»

Richard Leonardo Loayza (Universidad Nacional Federico Villarreal)

2. «Música, danza, canto y poder en Arguedas: Una aproximación a las luchas simbólicas en El Sexto»

Jorge Terán Morveli (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

3. «Hombres y rejas en El Sexto, de José María Arguedas»

María Dolores Adsuar Fernández (Universidad de Murcia – España)

4. «La poética neorrealista en El Sexto: la construcción de la marginalidad»

Dante Ramírez La Torre (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

Mesa 11

11:30 a. m.

1. «Lo oculto que se hace presente»

Aymará de Llano (Universidad Nacional de Mar del Plata – Argentina)

2. «El mestizaje cultural en los escritos antropológicos de José María Arguedas»

Renatto Merino Solari (Universidad Científica del Sur)

3. «José María Arguedas: tránsito y solidaridad de los sentimientos en el universo andino»

Mauro Mamani Macedo (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

4. «José Martí y José María Arguedas en Nueva York».

Raquel Chang-Rodríguez (City College – Graduate Center, CUNY)

Mesa 12

3:00 p. m.

1. «Arguedas, estudiante en Ica»

Jesús Cabel (Universidad Nacional Jorge Basadre Grohmann – Tacna)

2. «Arguedas, utopía moral»

Danilo Sánchez Lihón (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

3. «Editar a José María Arguedas: el caso de Yawar fiesta»

Antonio Cajero Vázquez (El Colegio de San Luis – México)

4. «Yawar fiesta, alegoría de las transformaciones socio-culturales del campo y de la ciudad»

Gabriela McEvoy (Lebanon Valley College – Pennsylvania)

 

Mesa 13

4:30 p. m.

1. «Presencia de Arguedas en la plástica peruana actual»

Paolo de Lima (Universidad Nacional Mayor de San Marcos) / Victoria Guerrero (PUCP)

2. «José María Arguedas e Ima Sumac (1940-1950). Diálogo de sordos»

Ulises Juan Zevallos Aguilar (The Ohio State University – EEUU)

3. «Arguedas, la Utopía andina, Vargas Llosa»

Bernardo Rafael Álvarez (Universidad Nacional Federico Villarreal)

4. «El indigenismo de Arguedas en las primeras aproximaciones del joven Vargas Llosa»

Jorge Valenzuela Garcés (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

 

 

Conferencias

6:00 p. m.

«La escritura utópica de José María Arguedas»

Miguel Ángel Huamán (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

«Extranjeros, forasteros y “forasteritos” en la narrativa de Arguedas; el caso del arpista “upa”

don Anselmo (Diamantes y pedernales)»

Tomás G. Escajadillo (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

Ceremonia de clausura:

7:00 p. m.

Lugar: Instituto Raúl Porras Barrenechea

Presentación de las Actas del Congreso Internacional José María Arguedas. Vida y obra.

Aníbal Paredes Galván, Editorial San Marcos.

Marco Martos Carrera, Presidente de la Academia Peruana de la Lengua.

 

Si todavía no se ha inscrito para participar en el Congreso José María Arguedas, éste es el momento de hacerlo. Simplemente visite el formulario de inscripción, y regístrese hoy.

Revista de Crítica Literaria Latinoamericana Nº 72 (Número en homenaje a José María Arguedas)

Revista de Crítica Literaria Latinoamericana  Nº 72

(Número en homenaje a José María Arguedas)

Presentan

 

Luis Millones

Ladislao Landa

José Antonio Mazzotti

 

 

Lugar:        Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar

Av. Benavides 3074 – Miraflores  (Ovalo de Higuereta)

Día:          Jueves 24 de marzo de 2011

Hora:         7:30 pm

 

 

INGRESO LIBRE

 

Este número contiene artículos de :

Luis Millones, Sybila Arredondo de Arguedas, Martín Lienhard, William Rowe, Takahiro Kato, Ladislao Landa Vásquez, Juan José García Miranda, Luis Miguel Glave, Antonio Melis, Fernando Rivera, Jennifer Marie Forsythe, Irina Alejandra Feldman, José Alberto Portugal, Matthew Bush, Christian Fernández, Julio León, Enrique Cortez, Sergio R. Franco, Sara Castro-Klaren, Juan Carlos Galdo, Laura Fandiño, Michael Abeyta, Naomi Lindstrom, Consuelo Martínez-Reyes, Tomás G. Escajadillo, Viviane Mahieux

 

Jornadas Andinas de Literatura 2011

Jornadas Andinas de Literatura 2011

Los estudios literarios latinoamericanos frente al siglo XXI
Lima, 9 a 13 de agosto de 2011

Como parte del desarrollo literario y académico de las universidades latinoamericanas, y en la búsqueda del fomento del debate estudiantil, se abre convocatoria a las XIII Jornadas Andinas de Literatura Lati­noamericana de Estudiantes (JALLA-E), a realizarse en la ciudad de Lima en el año 2011.

Fecha y lugar:

9 al 13 de agosto de 2011 en la Casa de la Literatura Peruana.

Convocatoria:

La Red Literaria Peruana (REDLIT), en colaboración con la Universidad Nacional Federico Villarreal y la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, convocan a la participación en el JALLA-E Lima 2011. La convocatoria está abierta a estudiantes universitarios de pregrado de las carreras de Lingüística y Lite­ratura, egresados y licenciados, para participar en una serie de mesas redondas, exposiciones y con­ferencias magistrales relacionadas con las literaturas y culturas de habla hispana y lusa (americanas y peninsulares) y literaturas y culturas originarias de todo el continente.

Desde su establecimiento en 1993, en La Paz (Bolivia), las Jornadas Andinas de Literatura Latinoameri­cana (JALLA) sirven como un espacio para el debate e intercambio de ideas desde América Latina sobre nuestras culturas e identidades. A este proyecto, se suman las jornadas de estudiantes (JALLA-E).

Pensar en América Latina es una compleja labor. Tras doscientos años de independencia, el continente se ha convertido en un nuevo centro de investigación y de manifestaciones literarias muy diversas. Sin embargo, con el mismo espíritu del Proteo de Rodó, nos encontramos aún en la búsqueda de identida­des orgánicas. Sucesivas generaciones de pensadores como Martí, Henríquez Ureña, Mariátegui, Cân­dido, Cornejo Polar, Rama y García Canclini han dejado interrogantes que esperamos, este encuentro permita explorar a profundidad.

El JALLA-E sirve también como un foro para intercambio de conocimiento, más allá del nivel académico, sobre las realidades y culturas de cada uno de nuestros países. No sólo esperamos servir como un punto de encuentro intelectual sino también, ofrecer a los participantes espacios para conocernos, establecer vínculos entre estudiantes con temas de investigación afines o complementarios y crear amistades.

Comité académico asesor:

El comité académico asesor del JALLA-E está conformado por profesores y especialistas en estudios literarios latinoamericanos:

• Agustín Prado Alvarado (Casa de la Literatura Peruana)
• Américo Mendoza Mori (M.A., University of Miami)
• Daniel Salas (Ph.D., University of Colorado at Boulder; Centrum, Pontificia Universidad Católica del Perú)
• George Yúdice (Ph.D., Princeton University; University of Miami)
• María Pía Sirvent (Dra., Universidad Complutense de Madrid; Universidad Científica del Sur)
• Rocío Quispe-Agnoli (Ph.D., Brown University; Michigan State University)

Ejes temáticos:

Las ponencias deben incluirse en por lo menos uno de los siguientes ejes temáticos(1):

Tradiciones literarias y artísticas

• Tradiciones indígenas prehispánicas y discursos míticos
• Fundaciones de las identidades coloniales (crónicas y relatos de viajeros)
• Siglo XIX: letrados y modernos
• Regionalismo e Indigenismo
Boom y Posboom
• Discursos de la violencia y reconstrucción (1970-2000)
• Testimonio latinoamericano
• Posdiscursos: identidad y nación en el siglo XXI
• El cine como discurso literario en América Latina

Naciones e identidades

• América hispana, lusa y el Caribe, ¿un continente o varios?
• Raza, etnia y colonialidad en los discursos de América Latina
• Negritud y discursos esclavistas
• Estudios de género: femineidades y masculinidades
• Biopolítica: cuerpo, sociedad, poder e historia
• Espacios urbanos y rurales en los discursos americanos

¿Límites del pensamiento latinoamericano? (eje principal)

• Teoría y crítica literaria latinoamericana (incluye estudios de literatura de género, queer, litera­tura comparada y de teoría literaria latinoamericana)
• La tarea de la crítica literaria (¿cómo repensar la labor de la crítica literaria en el siglo XXI?, comparación de propuestas y posturas teóricas)
• Ensayo latinoamericano como discurso crítico (incluye el rol del ensayo literario, boletines y manifiestos de los siglos XIX y XX)

Sumillas/Abstracts:

Los participantes deberán enviar sumillas de sus ponencias, con un máximo de 500 palabras (con biblio­grafía, no considerada en este límite), escritas en letra Times New Roman punto 12, a espacio y medio, indicando en qué eje temático desean ubicarse.

Las sumillas pueden enviarse hasta la fecha límite del 1 de mayo de 2011 al correo electrónico jallae@literatura.pe, incluyendo información completa de contacto (nombre del ponente, afiliación aca­démica, título del trabajo propuesto, sumilla, dirección postal, teléfono y correo electrónico).

Las decisiones serán comunicadas por correo electrónico por el comité organizador directamente a cada ponente hasta el 15 de mayo de 2011.

Ponencias:

Cada ponencia deberá ser leída en un máximo de 20 minutos. La extensión aproximada para las po­nencias es 9 páginas a doble espacio en letra Times New Roman, punto 12. Si las ponencias necesitan asistencia audiovisual (proyectores, audio o video) el expositor debe informar a la organización luego de ser aceptada su participación. No se leerán ponencias en ausencia.

Se aceptarán ponencias en todas las lenguas originarias del continente, francés, español y portugués, aunque se recomienda, por motivos de comprensión, que se presenten en lenguas difundidas.

Costos:

Los costos por certificación incluyen a ponentes y asistentes. Ambos grupos recibirán diplomas por su participación. En el pago se incluye el concepto de una cena de confraternidad.

Estudiantes de pregrado y posgrado de universidades latinoamericanas: US$20
Estudiantes de pregrado y posgrado de universidades del resto del mundo(2): US$40

El formato de inscripción para los asistentes se encuentra en este vínculo.

El pago para ponentes debe realizarse de forma anticipada a la exposición (fecha límite: 3 de agosto de 2011). Se aceptan depósitos interbancarios y a través de PayPal para pagos con tarjetas  de crédito (revisar la página de inscripción)

Importante: Si el comité organizador del JALLA-E no recibe el pago del ponente en la fecha indicada, se retirará su información del programa del congreso.

¿Qué hacía de Luis Jaime Cisneros un maestro?

¿Qué hacía de Luis Jaime Cisneros un maestro?


En las últimas dos semanas se ha recordado mucho, y justamente, a Luis Jaime Cisneros, y todas las voces han estado de acuerdo en calificarlo como un maestro eminente. ¿Pero qué es lo que hacía de Luis Jaime un maestro?
Este domingo la Academia Peruana de la Lengua ha convocado en el programa radial Palabra del Perú a tres de sus discípulos, y ellos contarán en vivo cómo lograba Luis Jaime despertar en sus discípulos la pasión por el pensamiento reflexivo y crítico, el amor a la palabra y la vocación indeclinable de enseñar, a partir de la reflexión sobre el lenguaje
Los invitados pertenece a tres disciplinas distintas: el lingüista Carlos Garatea, el poeta Julio del Valle y el historiador Pedro Guibovich, y sin duda harán de éste un programa memorable.
Palabra del Perú se transmite desde el mes de junio todos los domingos por Radio San Borja. Si lo escuchan habitualmente,  sabrán que incluye información sobre los peruanismos que estudia la Academia, temas lingüísticos y literarios y diversas formas de interacción con los oyentes. Si todavía no lo han escuchado, realmente se los recomiendo. No se lo pierdan.
Si vive fuera del alcance de Radio San Borja, siguiendo este enlace, lo puede escuchar en directo por internet. Para su comodidad, el programa puede escucharse en diferido en la página web de la Academia Peruana de la Lengua o en Podomatic, desde donde también lo puede descargar para escucharlo en un dispositivo móvil. Muchos de nuestros oyentes prefieren suscribirse al programa en ITunes. El programa del domingo aparece el día martes. Si no lo ha escuchado antes, lo invito a hacerlo ahora.

Los personajes y lugares que inspiraron la nueva novela de Mario Vargas Llosa: El sueño del celta

Los personajes y lugares que inspiraron la nueva novela de Mario Vargas Llosa: El sueño del celta

La más reciente novela de Mario Vargas Llosa nos recuerda el genocidio de las comunidades indígenas a manos de los caucheros peruanos, con el pretexto de llevar el progreso a la Amazonía

Condenado a muerte por traición, sabotaje y espionaje contra la corona británica, Roger Casement sueña con la posibilidad de tomar un baño y vestir ropa limpia. Mira los muros de roca de la prisión londinense de Pentonville y recuerda su vida. En la prisión sobra tiempo para pensar.

Lo visitan el asistente de su abogado, su querida prima Gertrude, su amiga la escritora e historiadora Alice Stopford Green, y un sacerdote católico irlandés que le da fuerzas antes de la hora final. Todos le piden que confíe que la petición de clemencia firmada por personalidades como Sir Arthur Conan Doyle, William Butler Yeats o George Bernard Shaw ablandará el corazón del Rey. Pero Sir Roger sabe que el imperio no perdonará a uno de sus cónsules convertido en activo militante de la independencia irlandesa.

Así, con las tribulaciones de Roger Casement en Pentonville Prison se inicia la extraordinaria novela del Nobel Mario Vargas Llosa El sueño del Celta (Alfaguara), un libro que vuelve a fascinarnos no solo por la maestría del escritor para contar la historia de un personaje increíble sino también por la ingeniería de su edificación. Cada capítulo impar de la novela nos confronta con un Casement que reflexiona pocos días antes de subir al cadalso, mientras que, en los pares, fluye la peripecia vital de un hombre de diversas gestas: la denuncia de los horrores del colonialismo en el Congo, el genocidio de las comunidades nativas del Amazonas o las negociaciones con la Alemania del canciller Bismarck para conseguir la independencia de Irlanda.

Navegando por los diferentes tiempos de la historia como si surcara los rápidos afluentes del Amazonas, Vargas Llosa dosifica con su acostumbrado genio a lo largo de 450 páginas la enorme información de Sir Roger, recopilada durante tres años. Así, la memoria del protagonista, afiebrado por el paludismo, puede por ejemplo saltar del año 1903, cuando se desempeña como cónsul británico en la paupérrima aldea de Boma, a 1884, antes de cumplir los veinte años, en su primer viaje al África. El relato de su expedición a lo largo del río Congo, con la intención de redactar un informe para la Foreign Office sobre la situación de los nativos y las catastróficas consecuencias del sistema de trabajos forzados, se intercala entonces con sus primeras misiones en Nigeria, Maputo y Angola, cuando motivado por el idealismo creía que el comercio y el cristianismo promovido por las instituciones políticas de Occidente emanciparían a los africanos del atraso. Trabajando al lado del famoso explorador Henry Morton Stanley, abrazaba la noble causa de Leopoldo II, el Rey de los belgas que se presentaba como el gran monarca humanitario, empeñado en acabar con la esclavitud, la antropofagia y el paganismo en el Congo.

Pasarían años para que Casement perdiera la ingenuidad y se diera cuenta del desigual intercambio comercial entre África y Europa. Para el Continente Negro iban los fusiles, las municiones, los chicotes y el vino, las estampitas, crucifijos y coloridas cuentecillas de vidrio. Para Europa, las millonarias rumas de caucho, codiciados cuernos de marfil y pieles de animales. Sin embargo, más tarde sería testigo de la mayor desgracia: las terribles condiciones de vida de los nativos que el Rey Leopoldo II de Bélgica juraba proteger.

Por entonces conoció a un joven capitán de la marina mercante británica, un polaco recientemente nacionalizado inglés llamado Konrad Korzeniowski, quien años después, recordando el infierno congoleño y las largas conversaciones con Casement, escribiría su novela El corazón de las tinieblas firmando ya con el nombre de Joseph Conrad.

Casement, preguntándose por qué la población nativa se había reducido tan drásticamente, recorre el río Congo para recoger los más dramáticos testimonios. En el hospital de Bolobo o en la guarnición de Mbongo, descubre y fotografía hombres con las manos trituradas y los penes cortados con machetes, castigos impuestos por la fuerza pública belga en estas poblaciones por no cumplir con las cuotas de caucho para la entrega. Desafiando las presiones del Rey de Bélgica (país aliado a la corona británica), su detallado informe escrito a pedido de la Foreign Office fue publicado en 1904 y tuvo el impacto de una bomba. Fortaleció la corriente de opinión contraria a las atrocidades del monarca belga y logró que los países europeos despojaran al Leopoldo II del país que había convertido en su impune coto de caza.

DE VIAJE AL AMAZONAS
La segunda parte de El sueño del celta se enfoca en el recorrido de Roger Casement por el Amazonas, nuevamente encomendado por la Foreign Office británica para recoger las denuncias contra la compañía cauchera Peruvian Amazon Company, formada por millonarios capitales ingleses, pero presidida por el empresario peruano Julio C. Arana. Años antes, en su labor diplomática en las ciudades brasileñas de Santos o Pará, Casement había escuchado historias sobre la violencia alcanzada en las regiones caucheras. Pero fue a fines de agosto de 1910, al llegar a la ciudad de Iquitos, que el cónsul británico pudo ver el increíble drama humano. La novela de Vargas Llosa rompe con cualquier aureola romántica y de esplendor económico que pudiera haberse contado de la capital de la Amazonía. El Iquitos de principios de siglo XX es una ciudad que se mantenía económicamente gracias a las empresas de Arana, que inspiradas por el lucro habían esclavizado a miles de indígenas para la recolección del jebe. Tras recorrer los campamentos caucheros en la región del Putumayo, las denuncias que Roger Casement lanzó desde Inglaterra fueron decisivas para que la caucherías peruanas quebraran.

Las torturas y asesinatos sistemáticos de indígenas, la desaparición entera de comunidades de huitotos, ocaimas, muinanes, nonuyas, andoques, rezígaros y boras, emprendidas en nombre del progreso de la selva, no es una asignatura que se enseña en las escuelas del país. En realidad, uno de los capítulos más terribles de nuestra vida republicana solo aparece en investigaciones históricas reservadas para los especialistas. ¿Por qué? En una teleconferencia ofrecida el viernes desde Madrid, Mario Vargas Llosa respondió así a El Comercio: “No se enseña esta historia en el Perú, ni en Colombia, ni en el Brasil, porque es una historia que nos acusa a nosotros, los peruanos, los colombianos, los brasileños. Nosotros somos corresponsables de lo que allí sucedió. Nosotros éramos el país donde eso ocurría y que no hizo nada para evitarlo. No podemos exonerarnos de responsabilidad. Eso ocurrió porque el Perú oficial de entonces lo permitió. Incluso, hasta hoy día hay defensores de Arana, quienes dicen que defendió la nacionalidad, que gracias a Arana el Perú mantuvo esos territorios”, explica el Nobel.

“Por eso, para mí el mérito de Roger Casement es enorme –añade–. Él vio, estuvo allí, entrevistó a la gente y dejó un testimonio. Esos testimonios, afortunadamente, nos permiten ahora volver sobre ese horror y hacerlo público. Es un horror que nos denuncia, que nos acusa. En el Congo, se puede decir que fueron los colonizadores belgas los culpables. Pero en el caso del Perú, de Colombia, de Brasil, no fueron colonizadores extranjeros, sino peruanos, colombianos y brasileños los que cometieron esos horrores. Además, en muchos casos fueron condecorados y considerados héroes por sus países. Es una vergüenza, es algo que nos debe remorder la conciencia, sobre todo si pensamos que las víctimas de los caucheros siguen siendo todavía ciudadanos de segunda o tercera clase, viviendo en condiciones verdaderamente primitivas”.

“El Perú oficial se indignaría si lo enfrentaran a los crímenes que cometieron los caucheros hace cien años. Sin embargo, no hace mucho por desagraviarlos, por incorporarlos verdaderamente a la modernidad. La verdad es que no nos ocupamos de eso porque nos sentimos muy incómodos y entendemos secretamente que tenemos una responsabilidad de aquello que ocurrió hace 100 años”, nos dice MVLL.

LA CAUSA IRLANDESA
La experiencia de Casement en el Congo y el Putumayo transformaron al funcionario irlandés. Llevó su batalla personal contra el colonialismo a su propia casa, considerando la situación de Irlanda respecto a Inglaterra tan terrible como la que el rey de Bélgica podía haber tenido con el Congo. Dimitió del servicio consular en 1912, se unió a los voluntarios irlandeses, contactó en Nueva York con nacionalistas exiliados y buscó la ayuda alemana, en plena Gran Guerra, para conseguir la independencia irlandesa.

Los alemanes, interesados por el debilitamiento que un levantamiento en Irlanda podía infligir a su enemigo inglés, prometieron al grupo de irlandeses insurrectos 20.000 fusiles, 10 ametralladoras y la munición necesaria, pero el barco que transportaba las armas nunca llegaría a desembarcar en Irlanda. Fue interceptado por el servicio británico de guardacostas el 21 de abril de 1916, un Viernes Santo. Sin armas, el llamado alzamiento de Pascua fue reprimido duramente. Casement, entonces en suelo británico, fue arrestado, acusado de traición y condenado a muerte.

CASEMENT, EL OTRO
Héroe para unos, villano para otros, defendido por libertario, aborrecido por traidor, una de las personalidades que impulsaron a inicios del siglo XX la lucha por los Derechos Humanos fue convertido por el Gobierno Británico en un perverso criminal, acusado de sodomía y pedofilia. En los últimos días de su vida, la divulgación de fragmentos de sus diarios secretos hicieron públicas sus aventuras homosexuales, las que le valieron el desprecio incluso de amigos cercanos.

¿Su condición homosexual motivó a Casement a sentir mayor identificación con otras minorías discriminadas, ya no por orientación sexual sino por su cultura y su color de piel? Para el autor de El sueño del celta, es muy posible. “La condición homosexual en esa época ponía a la persona en un riesgo tremendo”, señala Vargas Llosa a El Comercio. “Todavía la moral victoriana estaba muy arraigada, había penas de cárcel para los homosexuales, de tal manera que esto tuvo que hacerlo vivir en una enorme inseguridad. Seguramente eso le hizo mas fácilmente identificarse con quienes vivían esa marginalidad extrema. Creo que la homosexualidad de Casement fue evidente, lo que no es muy seguro es que las cosas que dicen esos diarios secretos fueran realmente vividas por él. Cabe la posibilidad de que las escribiera porque esa era la única manera de vivirlas. Son experiencias con las que, acaso, soñaba, pero era muy difícil de materializar en los lugares donde él vivía. Mi impresión es que, por lo menos, una buena parte de las confesiones sexuales de sus diarios o son grandes exageraciones o puras invenciones de él mismo”, añade MVLL.

 

POR: Enrique Planas

EXTRAÍDO DE EL COMERCIO