Cien años de soledad y Moi

MOLOK

Para Jessica y Carlos, maravillosos amigos reales

Las cosas tienen vida propia, todo es cuestión de despertarles el ánimo, dijo Melquíades con cierto aroma de gitanería. Para aquel joven que fui en los meses de mayo y junio, del 67′,  en Buenos Aires,  escuchar estas frases felices era como un segundo aire en medio de una agonía  difícil de sobrellevar, sobre todo por las ansias de verle la cara al sol. En verdad, era un bálsamo milagroso para quien, en soledad, hacía cien años o un poco más  estaba esperando  el contacto que no aparece, la clave que ya se le olvida de tanto manosearla, la palabra mágica que lo llevaría a entroparse con una historia puesta en marcha de manera casi invisible.  Hasta entonces, para darse ánimos, repetía una frase que sonaba a talismán:  En silencio ha tenido que ser. En algún lugar había oído esa…

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