Cumpleaños de Gabriel García Márquez

gabogolpe

Hace 85 años, en el humilde pueblo del Caribe Colombiano llamado Aracataca, nació uno de los más grandes genios de la narrativa hispanoamericana: el premio Nobel de literatura colombiano, Gabriel García Márquez. Fue un 6 de marzo de 1927, y aunque estudió derecho, su pasión por la literatura y el periodismo lo llevó, en 1955, a ser corresponsal de El Espectador en Ginebra, París, Roma, Checoslovaquia, Polonia, Ucrania y Rusia.

De regreso en América Latina, contrajo matrimonio en Caracas con Mercedes Barcha, y después continuó su periplo en Nueva York y México, país en el que construyó, página a página, Cien años de soledad, que fue editada el 5 de junio de 1967, por la editorial Sudamericana. Agustín prado Alvarado ha publicado el ilustrativo artículo Crónica de una novela anunciada sobre las circunstancias que rodearon la escritura y publicación de esta novela fundamental de la Literatura Latinoamericana.

Su obra maestra, poblada por los azares del realismo mágico, fue decisiva para que la Academia Sueca le otorgara en 1982 el Premio Nobel de Literatura, y marcó una huella indeleble en la literatura en lengua hispana de todos los tiempos.

Considerado el mayor escritor del siglo XX y uno de los más importantes de la historia mundial. Su infancia en la selva colombiana le dio la mayor cantidad de temas para su obra narrativa. Los cuentos de su abuela, los espíritus que habitaban la casa, la pobreza, el calor, entre otras cosas, son una constante en su obra.

Algunas obras suyas son: Crónica de una muerte anunciada (1981, novela), El amor en los tiempos del cólera (1985, novela), Doce cuentos peregrinos (1992, cuentos), Vivir para contarla (2002, autobiografía).

Cien años de soledad

En 1967 publica Cien años de soledad, la mejor novela del siglo XX escrita en español. En ella se cuenta la historia de la familia Buendía a través de sus siete generaciones, unida irremediablemente al destino de un pueblo mágico: Macondo, cuyo final estaba escrito desde su fundación por el gitano Melquíades.

Este libro es una pieza fundamental de la literatura latinoamericana del siglo XX y sobre todo del Realismo mágico. Gabriel García Márquez formó parte del boom latinoamericano y siempre se ha reconocido como un denostador y critico de las dictaduras en el continente. Cien años de soledad, en su momento, fue importantísimo porque el desborde de fantasía mezclada con la realidad. Es un libro que te envuelve en sus historias y que atrapa tu atención desde sus primeras páginas. Los personajes representan y exaltan las características más crudas y las más grandes del ser humano.

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Discurso de Gabriel García Márquez en la presentación en el IV Congreso Internacional de la Lengua Española

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Fuente: RAE

”Ni en el más delirante de mis sueños en los días en que escribía ‘Cien años de soledad’ llegué a imaginar en asistir a este acto para sustentar la edición de un millón de ejemplares.

Pensar que un millón de personas pudieran leer algo escrito en la soledad de mi cuarto con 28 letras del alfabeto y dos dedos como todo arsenal parecería a todas luces una locura. Hoy las academias de la lengua lo hacen con un gesto hacia una novela que ha pasado ante los ojos de cincuenta veces un millón de lectores y ante un artesano insomne como yo, que no sale de su sorpresa por todo lo que le ha sucedido pero no se trata de un reconocimiento a un escritor.

Este milagro es la demostración irrefutable de que hay una cantidad enorme de personas dispuestas a leer historias en lengua castellana, y por lo tanto un millón de ejemplares de ‘Cien años de soledad’ no son un millón de homenajes a un escritor que hoy recibe sonrojado el primer libro de este tiraje descomunal.

Es la demostración de que hay lectores en lengua castellana hambrientos de este alimento.

No sé a qué horas sucedió todo; sólo sé que desde que tenía 17 años y hasta la mañana de hoy no he hecho cosa distinta que levantarme todos los días temprano y sentarme ante un teclado para llenar una página en blanco o una pantalla de computador con la única misión de escribir una historia aún no contada por nadie que le haga más feliz la vida a un lector inexistente.

En mi rutina de escribir, nada ha cambiado desde entonces. Nunca he visto nada distinto que mis dos dedos índices golpeando aún las 28 letras del alfabeto inmodificado y he tenido ante mis ojos en estos setenta y pico de años.

Hoy me toca levantar la cabeza para asistir a este homenaje que agradezco y no puedo hacer otra cosa que detenerme a pensar qué es lo que me ha sucedido.

Lo que veo es que el lector inexistente de mi página en blanco es hoy una descomunal muchedumbre abierta de lectura en lengua española.

Los lectores de ‘Cien años de soledad’ son hoy una comunidad que si se unieran en una misma tierra sería uno de los 20 países más poblados del mundo. No se trata de afirmación pretenciosa. Quiero apenas mostrar que hay una gigantesca cantidad de personas que han demostrado con su hábito de lectura que tienen un alma abierta para ser llenada con mensajes en castellano.

El desafío es para todos los escritores, poetas, narradores para alimentar esa sed y multiplicar esa muchedumbre.

A mis 38 años y ya con cuatro libros publicados desde mis 20 años, me senté en mi máquina de escribir y empecé: ‘Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo’.

No tenía la menor idea del significado ni del origen de esa frase ni hacia dónde debía conducirme. Lo que hoy sé es que no dejé de escribir durante 18 meses hasta que terminé el libro. Parecería mentira pero uno de los problemas más apremiantes era el papel de la máquina de escribir…

Tenía la mala educación de pensar que los errores de mecanografía o de gramática eran en realidad errores de creación y cada vez que los detectaba rompía la hoja y la tiraba al canasto de basura para empezar de nuevo.

Con el ritmo que había adquirido en un año de práctica calculé que me costaría unos seis meses de mañanas diarias para terminar.

Esperanza Araiza, la inolvidable ‘Pera’, era una mecanógrafa de poetas y cineastas que había pasado en limpio grandes obras de escritores mexicanos. Entre ellos ‘La región más transparente’ de Carlos Fuentes, ‘Pedro Páramo’ de Juan Rulfo.

Cuando le propuse que me sacara en limpio la obra, la novela era un borrador acribillado a remiendos, primero en tinta negra y después en roja para evitar confusiones. Pero esto no era nada para una mujer acostumbrada a todo en una jaula de locos.

Pocos años después ‘Pera’ me confesó que cuando llevaba a su casa la última versión corregida por mí resbaló al bajarse del autobús con un aguacero diluvial y las cuartillas quedaron flotando en el cenegal de la calle. Las que recogió empapadas y casi ilegibles con la ayuda de otros pasajeros las secó en su casa hoja por hoja con una plancha de ropa.

Y otro libro mejor sería cómo sobrevivimos Mercedes y yo con nuestros dos hijos durante ese tiempo en que no gané ni un centavo por ninguna parte. Ni siquiera sé cómo hizo Mercedes durante esos meses para que no faltara ni un día la comida en la casa.

Después de los alivios efímeros con ciertas cosas menudas, hubo que apelar a las joyas que Mercedes había recibido de sus familiares a través de los años. El experto las examinó con rigor de cirujano paso a paso con su ojo mágico las esmeraldas del collar, los rubíes de las sortijas, y al final volvió con una larga verónica de novillero. ”Todo esto es puro vidrio”…

Por fin, a principios de agosto de 1966, Mercedes y yo fuimos a la oficina de correos de México para enviar a Buenos Aires la versión terminada de ‘Cien años de soledad’, un paquete de 590 cuartillas escritas a máquina a doble espacio y en papel ordinario dirigidas a Francisco Porrúa, director literario de la editorial Sudamericana. El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales, y dijo ‘Son 82 pesos’. Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que le quedaban en la cartera y se enfrentó a la realidad: ‘sólo tenemos 53’.

Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos una a Buenos Aires sin preguntar siquiera cómo íbamos a conseguir el dinero para mandar el resto. Sólo después caímos en la cuenta de que no habíamos mandado la primera sino la última parte. Pero antes de que consiguiéramos el dinero para enviarla, Paco Porrúa, nuestro hombre en la editorial suramericana, ansioso de leer la primera parte nos anticipó dinero para que pudiéramos enviarlo.

Así es como volvimos a nacer en nuestra vida de hoy”.

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Geneología de la familia Buendía en Cien años de soledad

llosbuendia

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Fragmento de Cien años de soledad (Capítulo II)

Cuando el pirata Francis Drake asaltó a Riohacha, en el siglo XVI, la bisabuela de Úrsula Iguarán se asustó tanto con el toque de rebato y el estampido de los cañones, que perdió el control de los nervios y se sentó en un fogón encendido. Las quemaduras la dejaron convertida en una esposa inútil para toda la vida. No podía sentarse sino de medio lado, acomodada en cojines, y algo extraño debió quedarle en el modo de andar, porque nunca volvió a caminar en público. Renunció a toda clase de hábitos sociales obsesionada por la idea de que su cuerpo despedía un olor a chamusquina. El alba la sorprendía en el patio sin atreverse a dormir, porque soñaba que los ingleses con sus feroces perros de asalto se metían por la ventana del dormitorio y la sometían a vergonzosos tormentos con hierros al rojo vivo. Su marido, un comerciante aragonés con quien tenía dos hijos, se gastó media tienda en medicinas y entretenimientos buscando la manera de aliviar sus terrores. Por último liquidó el negocio y llevó la familia a vivir lejos del mar, en una ranchería de indios pacíficos situada en las estribaciones de la sierra, donde le construyó a su mujer un dormitorio sin ventanas para que no tuvieran por donde entrar los piratas de sus pesadillas.

En la escondida ranchería vivía de mucho tiempo atrás un criollo cultivador de tabaco, don José Arcadio Buendía, con quien el bisabuelo de Úrsula estableció una sociedad tan productiva que en pocos años hicieron una fortuna. Varios siglos más tarde, el tataranieto del criollo se casó con la tataranieta del aragonés. Por eso, cada vez que Úrsula se salía de casillas con las locuras de su marido, saltaba por encima de trescientos años de casualidades, y maldecía la hora en que Francis Drake asaltó a Riohacha. Era un simple recurso de desahogo, porque en verdad estaban ligados hasta la muerte por un vínculo más sólido que el amor: un común remordimiento de conciencia. Eran primos entre sí. Habían crecido juntos en la antigua ranchería que los antepasados de ambos transformaron con su trabajo y sus buenas costumbres en uno de los mejores pueblos de la provincia. Aunque su matrimonio era previsible desde que vinieron al mundo, cuando ellos expresaron la voluntad de casarse sus propios parientes trataron de impedirlo. Tenían el temor de que aquellos saludables cabos de dos razas secularmente entrecruzadas pasaran por la vergüenza de engendrar iguanas. Ya existía un precedente tremendo. Una tía de Úrsula, casada con un tío de José Arcadio Buendía, tuvo un hijo que pasó toda la vida con unos pantalones englobados y flojos, y que murió desangrado después de haber vivido cuarenta y dos años en el más puro estado de virginidad, porque nació y creció con una cola cartilaginosa en forma de tirabuzón y con una escobilla de pelos en la punta. Una cola de cerdo que no se dejó ver nunca de ninguna mujer, y que le costó la vida cuando un carnicero amigo le hizo el favor de cortársela con una hachuela de destazar. José Arcadio Buendía, con la ligereza de sus diecinueve años, resolvió el problema con una sola frase: “No me importa tener cochinitos, siempre que puedan hablar.” Así que se casaron con una fiesta de banda y cohetes que duró tres días. Hubieran sido felices desde entonces si la madre de Úrsula no la hubiera aterrorizado con toda clase de pronósticos siniestros sobre su descendencia, hasta el extremo de conseguir que rehusara consumar el matrimonio. Temiendo que el corpulento y voluntarioso marido la violara dormida, Úrsula se ponía antes de acostarse un pantalón rudimentario que su madre le fabricó con lona de velero y reforzado con un sistema de correas entrecruzadas, que se cerraba por delante con una gruesa hebilla de hierro. Así estuvieron varios meses. Durante el día, él pastoreaba sus gallos de pelea y ella bordaba en bastidor con su madre. Durante la noche, forcejeaban varias horas con una ansiosa violencia que ya parecía un sustituto del acto de amor, hasta que la intuición popular olfateó que algo irregular estaba ocurriendo, y soltó el rumor de que Úrsula seguía virgen un año después de casada, porque su marido era impotente. José Arcadio Buendía fue el último que conoció el rumor.

-Ya ves, Úrsula, lo que anda diciendo la gente -le dijo a su mujer con mucha calma.

-Déjalos que hablen -dijo ella-. Nosotros sabemos que no es cierto.

De modo que la situación siguió igual por otros seis meses, hasta el domingo trágico en que José Arcadio Buendía le ganó una pelea de gallos a Prudencio Aguilar. Furioso, exaltado por la sangre de su animal, el perdedor se apartó de José Arcadio Buendía para que toda la gallera pudiera oír lo que iba a decirle.

-Te felicito -gritó-. A ver si por fin ese gallo le hace el favor a tu mujer.

José Arcadio Buendía, sereno, recogió su gallo. “Vuelvo en seguida”, dijo a todos. Y luego, a Prudencio Aguilar:

-Y tú, anda a tu casa y ármate, porque te voy a matar.

Diez minutos después volvió con la lanza cebada de su abuelo. En la puerta de la gallera, donde se había concentrado medio pueblo, Prudencio Aguilar lo esperaba. No tuvo tiempo de defenderse. La lanza de José Arcadio Buendía, arrojada con la fuerza de un toro y con la misma dirección certera con que el primer Aureliano Buendía exterminó a los tigres de la región, le atravesó la garganta. Esa noche, mientras se velaba el cadáver en la gallera, José Arcadio Buendía entró en el dormitorio cuando su mujer se estaba poniendo el pantalón de castidad. Blandiendo la lanza frente a ella, le ordenó: “Quítate eso.” Úrsula no puso en duda la decisión de su marido. “Tú serás responsable de lo que pase”, murmuró. José Arcadio Buendía clavó la lanza en el piso de tierra.

-Si has de parir iguanas, criaremos iguanas -dijo-. Pero no habrá más muertos en este pueblo por culpa tuya.

Era una buena noche de junio, fresca y con luna, y estuvieron despiertos y retozando en la cama hasta el amanecer, indiferentes al viento que pasaba por el dormitorio, cargado con el llanto de los parientes de Prudencio Aguilar.

El asunto fue clasificado como un duelo de honor, pero a ambos les quedó un malestar en la conciencia. Una noche en que no podía dormir, Úrsula salió a tomar agua en el patio y vio a Prudencio Aguilar junto a la tinaja. Estaba lívido, con una expresión muy triste, tratando de cegar con un tapón de esparto el hueco de su garganta. No le produjo miedo, sino lástima. Volvió al cuarto a contarle a su esposo lo que había visto, pero él no le hizo caso. “Los muertos no salen”, dijo. “Lo que pasa es que no podemos con el peso de la conciencia.” Dos noches después, Úrsula volvió a ver a Prudencio Aguilar en el baño, lavándose con el tapón de esparto la sangre cristalizada del cuello. Otra noche lo vio paseándose bajo la lluvia. José Arcadio Buendía, fastidiado por las alucinaciones de su mujer, salió al patio armado con la lanza. Allí estaba el muerto con su expresión triste.

-Vete al carajo -le gritó José Arcadio Buendía-. Cuantas veces regreses volveré a matarte.

Prudencio Aguilar no se fue, ni José Arcadio Buendía se atrevió a arrojar la lanza. Desde entonces no pudo dormir bien. Lo atormentaba la inmensa desolación con que el muerto lo había mirado desde la lluvia, la honda nostalgia con que afloraba a los vivos, la ansiedad con que registraba la casa buscando el agua para mojar su tapón de esparto. “Debe estar sufriendo mucho”, le decía a Úrsula. “Se ve que está muy solo.” Ella estaba tan conmovida que la próxima vez que vio al muerto destapando las ollas de la hornilla comprendió lo que buscaba, y desde entonces le puso tazones de agua por toda la casa. Una noche en que lo encontró lavándose las heridas en su propio cuarto, José Arcadio Buendía no pudo resistir más.

-Está bien, Prudencio -le dijo-. Nos iremos de este pueblo, lo más lejos que podamos, y no regresaremos jamás. Ahora vete tranquilo.

Fue así como emprendieron la travesía de la sierra. Varios amigos de José Arcadio Buendía, jóvenes como él, embullados con la aventura, desmantelaron sus casas y cargaron con sus mujeres y sus hijos hacia la tierra que nadie les había prometido. Antes de partir, José Arcadio Buendía enterró la lanza en el patio y degolló uno tras otro sus magníficos gallos de pelea, confiando en que en esa forma le daba un poco de paz a Prudencio Aguilar. Lo único que se llevó Úrsula fue un baúl con sus ropas de recién casada, unos pocos útiles domésticos y el cofrecito con las piezas de oro que heredó de su padre. No se trazaron un itinerario definido. Solamente procuraban viajar en sentido contrario al camino de Riohacha para no dejar ningún rastro ni encontrar gente conocida. Fue un viaje absurdo. A los catorce meses, con el estómago estragado por la carne de mico y el caldo de culebras, Úrsula dio a luz un hijo con todas sus partes humanas. Había hecho la mitad del camino en una hamaca colgada de un palo que dos hombres llevaban en hombros, porque la hinchazón le desfiguró las piernas, y las várices se le reventaban como burbujas. Aunque daba lástima verlos con los vientres templados y los ojos lánguidos, los niños resistieron el viaje mejor que sus padres, y la mayor parte del tiempo les resultó divertido. Una mañana, después de casi dos años de travesía, fueron los primeros mortales que vieron, la vertiente occidental de la sierra. Desde la cumbre nublada contemplaron la inmensa llanura acuática de la ciénaga grande, explayada hasta el otro lado del mundo. Pero nunca encontraron el mar. Una noche, después de varios meses de andar perdidos por entre los pantanos, lejos ya de los últimos indígenas que encontraron en el camino, acamparon a la orilla de un río pedregoso cuyas aguas parecían un torrente de vidrio helado. Años después, durante la segunda guerra civil, el coronel Aureliano Buendía trató de hacer aquella misma ruta para tomarse a Riohacha por sorpresa, y a los seis días de viaje comprendió que era una locura. Sin embargo, la noche en que acamparon junto al río, las huestes de su padre tenían un aspecto de náufragos sin escapatoria, pero su número habla aumentado durante la travesía y todos estaban dispuestos (y lo consiguieron) a morirse de viejos. José Arcadio Buendía soñó esa noche que en aquel lugar se levantaba una ciudad ruidosa con casas de paredes de espejo. Preguntó qué ciudad era aquella, y le contestaron con un nombre que nunca había oído, que no tenía significado alguno, pero que tuvo en el sueño una resonancia sobrenatural: Macondo. Al día siguiente convenció a sus hombres de que nunca encontrarían el mar. Les ordenó derribar los árboles para hacer un claro junto al río, en el lugar más fresco de la orilla, y allí fundaron la aldea.

Comments
15 Responses to “Cumpleaños de Gabriel García Márquez”
  1. Eduardo dice:

    Felicitaciones por su bitácora. Leyendo a este escritor siempre me asalta la duda que me sigue siendo difícil responderla. Tal vez usted pueda hacerlo: ¿Cuál es la diferencia entre Realismo Mágico y Lo Real Maravilloso, si es que lo hay? De antemano un agradecimiento por su respuesta.

    • Guillermo Andrés Gutiérrez Cuadros dice:

      Existe la diferencia: el mágico es simplemente imposbile; lo maravilloso, increíble, pero aún así, posible. En El reino de este mundo, Mackandal se transforma en un insecto: Realismo mágico. En Cien años de soledad, llueve por años sobre Macondo: Real Maravilloso. Espero que te haya servido y muchas gracias por participar.

  2. gherson loja dice:

    profe esta buena el arbol genealogico y el argumento sobre una obra tan complicada pero hermosa ahora puedo entender mejor sobre el general aureliano

  3. gian carlos dice:

    lo malo es el tiempo no hace justicia a la clase que usted quiere proponer..pero creo que seria también de ayuda si usaría el proyector espero que lo tome en cuenta gracias por la pagina que es de mucha ayuda

    • Guillermo Andrés Gutiérrez Cuadros dice:

      Seguro, pero el tiempo no me permite ni siquiera tratar de un árbol genealógico en clase en la pizarra, es mucho tema. Gracias por participar.

  4. gian carlos dice:

    muy bueno ese árbol genealógico ahora puedo entender mejor la obra … en la clase de hoy un poco de confusión pero con esto todo claro

  5. ornella dice:

    Gracias por el árbol genialogico, tengo 12 años, estoy leyendo 100 años de soledad y quiero armar el árbol genialogico, muchas gracias me ha servido de orientacion, ahora se donde ubicar a los 17 hijos de aureliano!

    • Guillermo Andrés Gutiérrez Cuadros dice:

      Las gracias son para el destacado crítico peruano Julio Ortega. Sigue adelante, es una novela que enriquecerá tu vida y la perspectiva que tienes respecto a ella.

  6. diana esther dice:

    profe …me parecio muy interesante …………….. y esta ayudando bastante

    gracias…………….

  7. Maria del Pilar Avalos Huapaya dice:

    Cuando lei la novela Cien años de soledad, pense que seria algo diferente. Bueno, usted ya nos habia narrado algo, y me dejo con esa duda, de saber como era por completo. En los dias que me tomo leerla, pasaba de estados de emociones muy repentinos. Por ejm: cuado dicen que Arcadio Buendia fallece de un balazo(me tomo por sorpresa), empero despues cuando narra como recorre su sangre el trayecto hasta la casa de su mama, no podia parar mi risa interna. Definitivamente un capo, GGM, y unos muy buenos momento los que vivi leyendo sus dos relatos, Cien años de soledad y El coronel no tiene quien le escriba. Bueno profe, cuidese mucho. Hasta luego.
    Atte /Mapi/

    • Guillermo Andrés Gutiérrez Cuadros dice:

      Yo recuerdo que cuando cuento la novela llego a referir esas partes, a menos que sólo haga un resumen muy escueto que tal vez fue el caso de la clase en la que estuviste.
      Gabriel García Márquez es una de las luminarias de la novela contemporánea. Lo mejor de todo es que está vivo.
      Hasta luego y suerte.

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